«Suplicio y muerte de Cuauhtémoc» (Parte 2 de 2)

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«Suplicio y muerte de Cuauhtémoc»
(Parte 2 de 2)

Una prueba de que algunos pueblos del sur, al ver a Cuauhtemoc vivo, comenzaron a volcar su lealtad hacia él y no hacia los invasores hispanos y sus indios aliados, es el siguiente testimonio recogido de los “Anales de Tlaltelolco”, acerca de lo declarado por el “tecuhtli” de un señorío chontal en Tuxkaha, al enterarse de la proximidad hacia sus territorios del señor de México quien venía preso en la expedición:

“… ¡que venga Mi señor!, nuestro amo y soberano. Que nos hagamos dignos de su merced, que nos vuelva a tratar a sus súbditos con su clemencia. Que vuelva a mandar, porque debe saber que si él nos impone algo, nosotros sabremos cumplirlo”

Al ver Hernán Cortes que aquella ciudad de Tuxkaha había recibido a Cuauhtemoc con las dignidades y honores propias de su majestad, y que toda la ciudad había sido adornada con flores y los doseles más relucientes de quetzal para celebrar la llegada del “Huey Tlahtoani”, el capitán no dudo más que tener vivo al líder mexica jugaba más en su contra que a su favor. La vena asesina del capitán se inflo cuando, los pobladores exigieron que su “Señor mexicano” fuera el que hablara por el contingente que arribaba y no así el jefe hispano. A lo que no tuvo más remedio que acceder Cortes, quien dejo a su prisionero dirigir unas palabras a aquella multitud que lo aclamaba. Lo que dijo Cuauhtemoc fue lo siguiente, constituyendo el último discurso que dirigió en público:

“… esforzaos, nobles acallantlacas, lo más que podías con la ayuda de nuestro dios. Permanezcan contentos. No vayáis a pueblos ajenos. Sean felices aquí, para que no ocasionéis dolor a las gentes de otros lugares, a los viejos, a los niños que todavía están en las cunas, y los que apenas comienzan a caminar, a los que están jugando en otros lados. Tener cuidado con vuestros niños y compadeceros de ellos. Amadlos, no los abandonéis para que no se vayan a un pueblo extraño. Se los recomiendo yo, porque contra mi voluntad seré llevado a Castilla… ¿Qué si yo regresare o pereceré allá?, Quizá, y no vuelva a verlos. Haced todo lo que este en nuestro poder. Amad a vuestros hijos tranquilamente en paz. No les inflijáis ningún dolor. Ya solo digo esto: ayudarme con algo para que yo tenga fortaleza cuando sea recibido por el señor de Castilla…”

Acto seguido, el señor de Tuxkaha, le respondió a Cuauhtémoc con las siguientes palabras:

“¡Oh señor y amo!, ¿por qué nos hablas como si fueras nuestro súbdito?, no te aflijas, no te humilles ante nosotros, porque aquí está tu propiedad. He aquí nuestros tributos para ti”

Luego de aquel episodio memorable, se cuenta que enmudeció el joven líder ante su público, también se dice que su rostro se nubló con solo pensar en la funesta Castilla. Pero el desenlace habría de ser peor. Cuauhtémoc tampoco llegaría a Castilla, pues la muerte le acaeció en las siguientes horas a ese su ultimo celebre discurso suyo, sus palabras y el amor que tenían los pueblos por Cuauhtémoc convencieron a Cortes que no podía dejar más con vida a un enemigo tan peligroso, recapacitando ante la posibilidad de que su rey Carlos V, tarde o temprano le reclamaría enviarle sano y salvo al soberano mexicano ante su presencia y ello sin duda, desbarataría los planes mezquinos del capitán de hacerse ilegítimamente con el poder de la “corona mexicana”, una vez que Cuauhtemoc revelara ante el monarca europeo asentado allá en Castilla, todas y cada una las atrocidades y traiciones que Cortes había cometido en tierras de Anahuac.

El final de la vida de Cuauhtemoc llego ese mismo día, cuando el sol ya se metía por el horizonte (“como el águila que desciende” tal y como evoca su nombre), cuando un instigador indio aliado bautizado por los hispanos como “Cristobal” (su nombre otomí era Coztemexi Cozcoltic) y apoyado por Doña Marina llegaron hasta la tienda de Cortes para avisarle, que si no mataba a Cuauhtemoc esa misma noche, al día siguiente ninguno de ellos amanecería con vida, pues la sublevación de los mayas chontales ya estaba en curso, pues aseguraban que un secreto emisario de Cuauhtemoc se había visto con el señor chontal le había dicho “que era necesario sacudirse a los castellanos, pues vendría un tiempo en que los extranjeros harían mucho daño y mucho mal, que matarían a los pueblos, y que Cuauhtemoc era del mismo parecer que debía matárseles, pues ya traía mucha gente organizándose y que serían más con la ayuda de los chontales”.

Sin tardanzas, al oír aquella revelación del indio aliado y Doña Marina, Hernán Cortes se dispuso a cometer un acto de crueldad extrema que serviría de advertencia a los mayas chontales y representaría un sordo mensaje a la rebelión clandestina que ya gestaba los ejércitos fieles al “Señor de México” (comandados por un tal Temilotzin, cuyo paradero final nunca se supo). Aquella medida sería tan despiadada que incluso el cronista Bernal Díaz del Castillo, dejaría escrito en su testimonio que “aquella condena era injusta y que le parecía mal a todos los que iban con Cortes”…

Sin juicio y sin razón probada, Cuauhtemoc y su eterno amigo Tetlepanquetzal fueron visitados en su cautiverio y aun con las cadenas puestas fueron barbáricamente decapitados por Cortes, y sus cuerpos fueron colgados de cabeza en un árbol sagrado (una gran ceiba) al centro de aquella ciudad chontal que horas antes había hecho un recibimiento festivo por motivo de la visita de su “Señor Cuauhtmoctzin”, no obstante, también se asegura que las cabezas fueron rescatadas por hombres leales al joven tlahtoani, luego de que el capitán las mandara clavar en unas estacas a la entrada del templo de la ciudad, denostando así su real condición de salvaje invasor.

Según algunos testigos indígenas de la atroz escena, al sentir el filo de la espada que iba cortar su cabeza, antes de expirar, Cuauhtemoc miro a los ojos a su ruin victimario y con su voz llena de amarga dureza le dijo:
“… señor Malinche, hace tiempo que ya sabía que esta muerte me ibas a dar, pues yo conocía de sobra la falsedad de tus palabras. Ahora me matas sin justicia, pero que Dios te la demande, porque yo no te la di cuando te tuvimos entregado en nuestra ciudad de México”.

En la profundidad de la selva maya, colgados de un árbol se balancearon los cuerpos inertes de los Señores de México en aquella verdadera Noche Triste de febrero de 1525, y desde entonces no amanece ese negro anochecer que ha durado 5 siglos, pero cuando el alba del Nuevo Sol llegue, la Luz sera la que domine y no las sombras, ya no habrá quien diga que ahí terminaron todas las esperanzas del Anáhuac y del sagrado “Pueblo del sol”, pues así como la “gran ave del cielo” que un día cae tras del horizonte, al otro día vuelve a resurgir sin ver mitigado su brillo, su fuerza y su calor.

¡Larga vida al “Joven Abuelo” Cuauhtemoc, héroe inmortal de México!

(Fin del ensayo)

***
Tenochcayotl Pueblo de la Luna

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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