«Suplicio y muerte de Cuauhtemoc» (Parte 1 de 2)

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«Suplicio y muerte de Cuauhtemoc»
(Parte 1 de 2)
28 de febrero de 1525, fecha que registra la Historia como el día en que el “Huey Tlahtoani” Cuauhtemoc, MURIÓ asesinado a manos de sus captores hispanos. Cuatro años atrás, Tenochtitlan la esplendorosa capital de Anáhuac, había sido invadida y saqueada por las tropas de Hernán Cortes, quien aprovechándose vilmente de la CRISIS HUMANITARIA que sufría la “Blanca Ciudad” a causa de una terrible y “extraña” epidemia que en plena guerra diezmo dramáticamente a su población y desplomo al mínimo la capacidad de sus defensas militares, pudo consumar su pretensión de tomar la ciudad para sus propósitos imperialistas, luego de meses de un brutal sitio que bloqueo todo tipo de ayuda venida del exterior hacia el último bastión mexica, mismo que resistió heroicamente al asecho de sus enemigos, más allá de sus posibilidades humanas.
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Según se cuenta, cuando ya la guerra estaba perdida para los mexicanos en la noche del 13 de agosto de 1521, Cuauhtémoc fue apresado y llevado ante la presencia de Hernán Cortes en una orilla del lago que estaba lleno de cadáveres flotando. Una vez frente al capitán castellano, el capturado caudillo del Anahuac le dirigió estas palabras llenas de dignidad y entereza, mismas que recogen las fuentes:
“…señor Malinche (Cortes): ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi pueblo que ya no pudo más resistir, y pues vengo por necesidad y preso ante tu persona, toma ese puñal que tienes en el cinto y si puedes mátame tu mismo luego con él”.
No obstante, como es sabido Cuauhtémoc no murió en esa noche de la “Caída de Tenochtitlan”, pues los maquiavélicos planes de Cortes le tenían deparado ser usado como rehén y botín de guerra, para que las poblaciones futuras en ser sometidas no intentaran hacer la guerra a los hispanos y sus indios aliados, apabullados por la herramienta psicológica de terror, una vez que vieran que el gran mismísimo “Huey Tlahtoani” había sido reducido a un prisionero a merced del ejército invasor.
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Sin embargo, aunado a ese deleznable propósito de usar al joven dirigente caído en desgraciada como “trofeo viviente”, a Cortes le interesaba recuperar el mítico “tesoro de Moctezuma (Xocoyotzin)” que había perdido en su derrota de la “Noche Victoriosa” (30 junio 1520) y sabía que solo un hombre de la talla de Cuauhtemoc, era el único que podía conocer la ubicación real de ese supuesto tesoro perdido. Pero la valentía y lealtad de Cuauhtemoc que no conocía limites, le ayudo a no ver quebrada su voluntad y nunca confeso a su verdugo donde estaba “aquel preciado tesoro”, por más torturas intolerables y vejaciones inhumanas a la que Cortes lo sometió para forzarlo a hablar.
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Una de esas torturas físicas que sufrió el “Huey Tlahtoani”, es la ampliamente conocida “quema de sus pies en la hoguera”, a la que fue sentenciado luego de un arranque de rabia del capitán hispano, quien se dejó llevar por los rumores de sus aliados indios, quienes le aseguraban que Cuauhtemoc tenía escondido el dicho tesoro, y por esta causa, los oficiales reales de Cortes (entre ellos, Julian de Alderete) recibieron la orden de su capitán, de dar en su casa de Coyoacan el mayor tormento al “Guatemuz” (como le llamaban los hispanos a Cuauhtemoc) y a su primo el Señor de Tacuba quien era su amigo más cercano. Según se cuenta, Doña Marina (“Malintzin”) se acercó al encadenado Cuauhtemoc mientras éste último estaba sufriendo el tormento del fuego y le dijo:
“… más te ayuda obedecer, nuestro capitán dice que busques 200 tejuelos de oro, tan grandes así como este… (Señalando con la mano a una patena de cáliz)”
Tal tortura inmisericorde en Coyoacán, consistió en untar aceite a los pies del “Señor de México” (Cuauhtemoc) y a su confidente el “Señor de Tacuba” (Tetlepanquetzal), para luego sentarlos amarrados a cadenas, en una posición tal que los dejara con los pies colgando dentro de una hoguera, para que el dolor de su carne ardiendo les hiciera confesar el paradero del tesoro. Pero como ya hemos dicho, Cuauhtemoc no revelo ubicación real (tan solo dijo cosas para despistar) y estoico aguanto el tormento y en ningún momento se quebró, dejando de manifiesto su condición de noble y gran guerrero. Más cuando Cuauhtemoc, a mitad del suplicio vio que la voluntad de su primo desfallecía y parecía estar a punto de revelar el “secreto” a Cortes, el joven líder mexica se volteo hacia su compañero quien lloraba y rogaba a sus inquisidores detener aquella crueldad, y con estas sacudidoras palabras le devolvió la integridad y la bravura:
“… ¡¿Por qué te doblegas?!, acaso ¿ves que por ventura yo estoy en un baño de temazcal?”
De ese modo, encadenado, torturado de todas las formas y vigilado noche y día, paso los siguientes cuatro años a su captura el líder Cuauhtémoc, quien dejo Tenochtitlan y el valle central para siempre el 12 de octubre de 1524, cuando Cortes lo llevo consigo como “prenda de cambio” a la campaña de invasión del sur, con rumbo las Hibueras (Honduras) y la región maya. Ya imaginamos lo que pudo representar para el “Huey Tlahtoani” el esfuerzo sobrehumano, de andar largas caminatas a pie hacia esas tierras sureñas, con ambos pies totalmente destrozados y atrofiados tras aquel crimen contra su persona en Coyoacan.
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Muchas fueron las anécdotas y desventuras que el destino le deparo a Cuauhtemoc, en ese su agónico viaje a lo desconocido, mismo que termino fatalmente el 28 de febrero de 1525 en la localidad de Acallan o “el lugar de los muelles” (Tabasco o Campeche) y aunque hasta el último momento, el hijo de “Ahuizotl”, no desistió en su convicción de escaparse a sus miserables apresadores y recuperar su amada Tenochtitlan, acabo siendo asesinado sin ver de nuevo sus manos fuera de las cadenas. Pues, el capitán castellano decidió matarlo al percatarse que llevar con vida a Cuauhtemoc, por todas esas ciudades selváticas a las que arribaba en su campaña hacia las Hibueras, comenzaba a tener el efecto contrario a sus deseos, pues aunque algunas poblaciones se rendían sin remedio ante el invasor al ver que fue “capaz de derrotar” al Señor de México; la mayoría de esos habitantes en cambio, manifestaban sus simpatías y lealtades hacia el “Huey Tlahtoani” quien hábilmente comenzaba a sacar rédito de aquella travesía al secretamente pactar alianzas con esos señoríos mayas que le se iban uniendo a su paso, esperando el momento de asestar el golpe a los hispanos una vez que cayeran en la trampa a la que estaban ya siendo conducidos al internarse cada vez más en esa profunda selva.
(Fin de la Parte 1)
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Tenochcayotl Pueblo de la Luna
“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

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